Uno no se acostumbra al olor.
Al retirar el sarro, el olor penetrante invade las narinas, recurso inútil por parte de los cálculos que apostados interproximalmente esperan el cese y desiste. Mientras raspas, las tecatitas blancas vuelan y dejan una estela de hedor.
Una terminación del trigemino gangrenado en un órgano dentario tiene un aroma tan peculiar y sincero como el de un animal muerto; en cuanto se destapa al diente aliviando la presión, se libera esa esencia que impregna la vestimenta.
Cuando un diente es removido. La sangre se confabula con la saliva creando así un perfume díficil de confundir y díficil de reconocer cuando jamás antes se ha percibido; a diferencia de los anteriores este olor es el único que no causa desagrado ni mareo, simplemente te das cuenta de su presencia.
A mí me gusta. La gama de olores que ofrece la cavidad oral es tan amplia, tan exquisitamente desagradable en sus tonos dulzones que teniendo sentado al paciente mis endorfinas se liberan cuando huelen patologías bucales.
Y si no te gusta el olor. Olvídate del sueño del barbero sangrador, por que creeme cuando te digo: Uno no se acostumbra al olor.